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Literatura y Leyendas, Parte 2ª



Los varones de Garray, al volver también a sus casas, se encontraron con unos viajeros, les saludaron y les preguntaron por Garray, por sus mujeres y sus hijos. Les contestaron que los sacerdotes de Garray, los laicos y los hijos de los sacerdotes habían fortificado el castillo de Garray y que los sacerdotes dormían con las mujeres suyas.
Dolidos por estas noticias y con gran amargura se reunieron y trataron del modo de hablar y de obrar.
 El más viejo de ellos, el más honorable, aconsejó se acercasen pacíficamente a las puertas del castillo y comprobasen si era cierto lo dicho. Enseguida fueron a las puertas del castillo, pero los que estaban dentro, todos en conjunto, los rechazaron con armas, hiriendo y matando y persiguiéndoles hasta un monte llamado Moncaio, que estaba al lado del monte Tignnos (Tiñoso).
Los malvados de Garray, volviendo a su castillo, vigilaban la ciudad día y noche.
Los otros quedándose en Moncaio construyeron un muro y castillo de piedras sillares y todos los días iban en cabalgada, a mano armada, contra el castillo de Garray, peleando con suerte varia y cayendo muchos de ambas partes.
Entre tanto murió el rey de Aragón y la disensión en el reino duró muchos años y nadie, ni el obispo ni el abad pudo poner en concordia a los pueblos. Esta disensión estaba en la provincia y obispado de San Prudencio que muchas veces intentó poner paz, pero no logró calmar su crueldad. Pero sucedió que por mandato apostólico, tenían que ir obispos y arzobispos al concilio Bituricense. El arzobispo de Toledo y los obispos de su provincia prepararon el viaje y comunicaron a San Prudencio el día de su llegada, el cual gozoso preparó sus palacios y los recibió con gran afecto y abrazos. Después de la comida expuso al arzobispo y obispos lo que le sucedía con los de Garray. Dicho esto rogó con lágrimas que fuesen todos a Garray a poner paz y fin a la discordia y todos, con agrado, decidieron marchar para Garray.
Al día siguiente el Arzobispo de Toledo y los siete obispos llegaron al castillo de Garray con ánimo de poner paz entre los exilados y los malvados que vivían en tierra de Garray.
Durante cuatro días los SS. Padres predicaron asiduamente paz y concordia y nada consiguieron.
Entonces los sacerdotes, llenos de iniquidad, en unión con los habitantes en el castillo decidieron, con el fin de que los obispos se retiraran sin honor, ordenar a los carniceros, que sacrificasen secretamente cachorros gorditos y gatos y los preparasen para la venta, despojándoles de cabeza y patas, y donde tenían por costumbre de mostrar carnes para vender en el día del jueves en la plaza, expusiesen los gatos y perros en vez de carne de vaca, cerdo y aves.
Así pues, cuando los sirvientes de los obispos viniesen a comprar no tuviesen otras más que éstas de perros y gatos, y al preguntar éstos a los carniceros qué carne era aquella contestaron, con juramento, que eran de ganado lanar, las más útiles, más gordas y más suaves que ninguna otra y que estarían mejor asadas al fuego y bien condimentadas... Compraron las carnes y las condimentaron ignorantes y las sirvieron a la mesa de sus señores. Al comenzar el Arzobispo a bendecir la mesa todos por deferencia pidieron a San Prudencio que lo hiciese él mismo. Al dar la bendición al momento comenzaron los perros y gatos a ladrar y maullar en toda la mesa.
El Arzobispo y los demás, aterrados, pidieron sus cabalgaduras y huyeron con rapidez. Al huir subieron a la sierra del Alba un poco más alta que los montes vecinos y así entonces San Prudencio rogó al Arzobispo y obispos que se vistiesen de los vestidos especiales como para celebrar el sacrificio y con ellos maldijesen a los nefandos habitantes de Garray. El mismo Santo maldijo a Garray con todos sus habitantes; lo mismo hizo el Arzobispo y los otros siete obispos.
Al punto cayó sobre los malvados de Garray una clase de bichos, que en España llamaban garrapatas, que suelen morder a los perros y gatos y todos, del mayor al menor, murieron víctimas de las picaduras. Desde entonces, aquel castillo se hizo inhabitable”.
(Tornado de Florentino Zamora).

 


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